Miedo a septiembre | Hoy


Voy a hacer todo eso que los manuales de autoayuda y Mr Wonderful prohíben si uno quiere ser feliz. Según algunas corrientes lo mejor para el equilibrio y la estabilidad mental es vivir el aquí y el ahora, sin que los nubarrones del futuro alteren el presente. Como me da bastante alergia todo el mundo de la positividad y los unicornios tornasolados comparto aquí mis temores y sí, voy a proyectarme, perdiendo la posibilidad de vivir un agosto inconsciente y plácido como debería ser. No tengo edad de temer a los monstruos que anidan bajo la cama, pero estos días alimento mi particular bestia, la que más miedo me da ahora: septiembre.

Era mi mes favorito, porque conseguía que volviera a ver con cierto encanto la rutina, que volviera a gustarme mi casa, las calles de mi ciudad y las personas que forman parte del batallón de esos días normales y sin brillo especial. Después de explorar otras latitudes y cambiar varias veces de cama volver al nido concedía una sensación plácida y una especie de empujón para seguir. Lo viejo recuperaba cierta pátina de nuevo. Y luego iba todo rodado: forrar libros, recuperar los horarios y afrontar los meses por delante. La vida es así cuando todo va bien.

Pero este septiembre me da tanto miedo que se me presenta como una cueva misteriosa que tendremos que transitar con linternas y casco, aguardando sobresaltos en cada esquina. Los que tenemos hijos en edad escolar sabemos que la escuela pivota una buena parte de la vida familiar. Y por supuesto que es conciliación, por más que unos pocos maestros se escandalicen y quieran desvincularse de la parte más social y humana de su profesión, que no es solo enseñar contenidos, sino acompañar a los alumnos, crecer con ellos. ¿Es la escuela un lugar donde guardar a los niños? Yo creo que una de sus funciones es esa y soy incapaz de verlo mal. El abecedario y las multiplicaciones son tan importantes como los lazos sociales y el tiempo compartido en las aulas. El cole es y debe seguir siendo una segunda casa, y los docentes no solo fríos transmisores de saberes ni metódicos funcionarios.

Lo reconozco, tengo miedo. Miedo a un nuevo curso deslavazado y caótico, a no poder estar a la altura como madre docente sin vocación que soy, a que se queden por el camino conceptos y palabras y a que los niños se acostumbren a un ecosistema autárquico en donde la pantalla lo sustituya todo y se olvide el roce, la piel. Convivir con el coronavirus en las aulas es uno de los retos más agobiantes para septiembre y quizás aún se habla poco de ello, como si no fuera un sector económico sino una cuestión menor, doméstica, de niños y jóvenes, una parte aún no productiva y que no genera riqueza.

En Extremadura la Consejería de Educación va a emplear 25 millones de euros para contratar a docentes que faciliten los desdobles y permitan mantener la distancia social sobre todo en Secundaria. Una medida que se queda corta para abordar un otoño que pinta complejo. Todo el mundo tiene derecho a vacaciones pero este año, este agosto de fuego, habría que pedir que no se apagara del todo la luz de los despachos de los que deciden. No se necesita solo dinero, sino imaginación, vocación, empuje, ganas reales de que todo salga bien.

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