Necroturismo | Hoy


Ya dije hace meses en esta Zona que el virus ha conseguido que haya una primera vez para todo, y ahora, final de octubre, viviremos un 1 de noviembre por primera vez en pandemia; raro, con cita previa en el cementerio, aforo limitado en el camposanto, un máximo de tres visitantes por sepultura, y con el tiempo tasado. Estas medidas se han impuesto en distintos municipios, incluso los hay donde ya se han adelantado las visitas, limpieza de lápidas u ofrendas florales, o sea, un día de los Santos con restricciones y escalonado que ha empezado ya. Algunos ayuntamientos han publicado bandos con las medidas sanitarias adoptadas que incluyen, también, la ampliación de horarios. En aquellos recintos que lo permitan, se dispondrá la entrada y la salida por distintas puertas, con dispensadores de gel en todas, así como la señalización de los itinerarios de circulación.

Esta noticia me trajo a la mente el turismo de cementerios o «necroturismo», una nueva corriente turística que se ha centrado en recorrer los cementerios más singulares. Reconocido por el Consejo de Europa en 2010 como itinerario cultural, la ruta de los cementerios europeos comparte capítulo con el Camino de Santiago o la Ruta de los fenicios.

Habrá personas a las que este hecho les parezca sorprendente, pero no debería serlo tanto teniendo en cuenta que los cementerios son lugares de recogimiento, silencio y sosiego, invitan a la reflexión, además del arte que albergan criptas y cruces, pinturas, esculturas y panteones. Ejemplo de los más bellos, el de Montjuïch en Barcelona, frente al Mediterráneo, o el de los ingleses en Málaga, o fuera de España, el de Père Lachaise en París, con durmientes tan ilustres como Oscar Wilde o Marcel Proust.

El concepto de turismo se ha diversificado hasta el punto que parece existir uno para cada gusto: necroturismo, turismo gastronómico, de sol y playa, de naturaleza, turismo LGTB, cultural, de salud, espiritual, reproductivo, negro, enoturismo, espacial, virtual, hipster, deportivo y sexual.

Muchas clases de hacer turismo, sí, pero en plena pandemia los turistas, prácticamente, han desaparecido del mapa. Se acabaron las actividades involucradas en la preparación de comida típica y consiguiente visita a tiendas de productos locales; se aplaza explorar espacios urbanos sin mayores atractivos para el turista hipster; y qué decir del turismo termal o de salud, impensable en tiempos víricos el uso de piscinas, duchas de relax, chorros tonificantes y baños de burbujas o del todo incluido con asistencia a eventos deportivos. Parón también para el polémico turismo negro, visitas a lugares marcados por el terrorismo, la tragedia y la muerte, hay gente para todo. Y las parejas que pretendían buscar descendencia en países cuya legislación permite la gestación subrogada o la reproducción humana asistida, tendrán que posponerlo a mejores años.

Volviendo al principio, a los cementerios y a la fiesta de Todos los Santos, a este 1 de noviembre pandémico, con aforo limitado y dispensadores de gel, con mascarillas y guantes, con restricción y distancia, que por unos días, como todos los años, hará incierto el verso de Bécquer: «¡Dios mío, qué solos / se quedan los muertos!».

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