David reta a Goliat en el Sáhara


 Unas lluvias torrenciales precedieron a Saray Pérez Castilla en los campos de refugiados saharauis. «Era como si la naturaleza se propusiera echarles definitivamente del lugar, de sus castillos de arena, de esa vida no vida». Las casas de adobe derruidas y la precariedad conmovieron a esta joven bilbaína. «A mí se me caía el alma al suelo cuando comía alubias procedentes de la ayuda humanitaria de Naciones Unidas», recuerda. Ocurrió hace tres años, cuando participó en un proyecto solidario impulsado por la capitalidad donostiarra y fue el primero de sus viajes como artivista, concepto que mezcla arte y activismo político. El resultado fue un proyecto de memoria histórica destinado a combatir el olvido y que el drama colectivo no se desvanezca en la Hamada argelina.

Este periódico ha dado voz a tres actores de ese drama, recuperado y actualizado por los medios a raíz de la reciente ruptura del alto el fuego. La ocupación por Marruecos inició un éxodo que la creadora documentó en la exposición ‘Paisajes invisibles’, mostrada por la Sala Rekalde en 2018. «Las narraciones hablan de gente que trabajaba en el Ejército español y a la que un día se le dio la espalda y tuvo que escapar mientras sorteaba los bombardeos, es un relato que habla de vender personas y territorios», explica y asegura que, a pesar del dolor, aquellos que padecieron el exilio no guardan rencor. «Saben que las responsabilidades corresponden a la clase dirigente que pactó la entrega».

Limam Sidi Bachir, delegado del Frente Polisario en Euskadi, es uno de esos saharauis que siguen luchando, contra viento, marea y la oposición general, por el regreso a la tierra de sus mayores. El incidente de Guerguerat, desencadenante de una nueva fase del conflicto armado, supone, a su juicio, que la paciencia ha rebosado ante una estrategia de hechos consumados. «La carretera ya era una violación del pacto y la sociedad civil se manifestó contra lo que supone, un tráfico derivado del incesante saqueo de recursos y el comercio de drogas», explica.

La transformación demográfica y el etnocidio cultural han sido las herramientas utilizadas por Rabat, en palabras del dirigente, desde que se hizo con el control del litoral saharaui. «Los territorios ocupados están cerrados a cal y canto y la misión local de Naciones Unidas carece de mandato para supervisar el respeto a los derechos humanos», señala. Pero, ¿cómo combatir a un rival mucho mayor y que cuenta con importantes apoyos? «Conseguimos llegar a la capital mauritana y Marruecos se atrincheró detrás de un muro», alega. «No han conseguido vencer. No es lo mismo luchar por una causa que por un sueldo».

El entramado solidario vasco con los campos de Tinduf ha hecho frente común en torno al Movimiento Sáhara Euskadi, coordinadora que apoya la reivindicación. Además, el reinicio de las hostilidades ha coincidido con la presentación de ‘Ocupación S.A’, documental producido por la ONG Mundubat que denuncia la connivencia de empresas españolas con las fuerzas de control. Antonio Montoro es el coordinador técnico de la entidad y ejerció como delegado en los campos de Tinduf. «Es uno de los lugares más inhóspitos del planeta, la temperaturas pueden llegar a los 55º y resulta muy difícil mantener la esperanza», indica. «Construir y mantener la identidad nacional han sido claves para proseguir cuando la batalla diplomática se viene abajo una y otra vez».

Dar prioridad a la autodeterminación fue la conclusión de la última asamblea celebrada a finales del pasado año por el Frente Polisario. No hay noticias fehacientes de lo que está sucediendo a lo largo de la barrera de 2.700 kilómetros, pero se antoja difícil que haya modificaciones por las armas o que se desatasquen las negociaciones. «¿No cayó el apartheid en Sudáfrica?», arguye el cooperante. «Las relaciones de fuerzas cambian y tenemos que confiar en el Derecho Internacional».     

El futuro descansa en los jóvenes saharauis a uno y otro lado del muro. Montoro asegura que son inconformistas, que no renuncian a un futuro mejor, muchos a través de la partida y que algunos consiguen salvar los obstáculos migratorios gracias a su condición de exiliados y la nacionalidad española. Saray Pérez Castilla recuerda que la incertidumbre los envuelve, aunque cuentan con un sistema de enseñanza de una calidad insólita para el escenario en el que crecen, incluso una escuela de cine, otra de arte y un centro de ingeniería.

«Conocí la experiencia dura y singular de niños que partieron hacia Cuba y que volvieron a sus familias convertidos en adultos, médicos o enfermeros, y supongo el choque cultural y sentimental que experimentaron al regresar al seno de sus familias», expone. «Ahora pueden estudiar en centros superiores de Argelia, pero ¿a dónde vuelven? No hay demanda laboral. Tan sólo han podido regresar, aguantar y esperar».

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